Voy y vuelvo cada día por la misma carretera. Camiones a las ocho de la mañana, vehículos con rótulos propagandísticos, furgonetas y grúas con su carga, el camión del butano, un tráiler enorme que me impide pasar. A las ocho de la tarde, ciclistas sudorosos, señoras y señores con ropa deportiva que caminan sin temor a los coches que pasan casi rozándolos. Ahí vamos, con la radio alta, el aire acondicionado encendido, un sol inmenso y punzante que atraviesa los cristales, el semáforo que está tres minutos rojo y cincuenta segundos verde, la carretera más sola por tramos, menos transitada, la gasolinera donde se me rompió el cable del embrague, los cruces, el polígono, una recta, una curva, en casa, de nuevo, en mi hogar.
Me renovaron el contrato. Ya soy una más de la empresa (o de la "familia" como a mí me gusta apuntar). Almorzamos en la sala de descanso. Entre unos cuantos hacemos el autodefinido del periódico, el crucigrama y el sudoku. Ya he acertado 3 veces los jeroglíficos...y el de hoy creo que lo he adivinado, también.
Estoy cansada, al borde del agotamiento. Tanto trabajo, tanta llamada, tanto fax, tanta carretera. Pero por otro lado, cuanto más trabajo más experiencia, cuanto más llamada más cariño, cuanto más fax más risa, cuanta más carretera, más amor por quienes encontraré al otro lado de la línea de llegada.
Cuando hace algunos años jugaba al Super-Mario, al superar tres o cuatro niveles, siempre aparecía una pantalla en la cual el personaje no tenía que enfrentarse a ningún tirano, solamente saltaba de un lado a otro recogiendo las recompensas que le esperaban en la cima de una montaña, en un sistema de plataformas, en un tobogán o en el fondo de un lago. En este nivel sólo tenías que ser listo y rápido, recogerlo todo lo antes posible, y no te mataban; más aún, si lo hacías muy muy bien, te daban otra vida.
Y aquí estamos, en el "bonus stage", aprovechando el momento.
Motero en tierra
Hace 3 horas




