Roberto

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Roberto ha llegado al mundo siendo, ante todo, un niño muy obediente. Durante todo el embarazo le dije que procurara nacer para la fecha que le tocaba para que ni fuese prematuro ni se retrasase demasiado (ya que podía ganar mucho peso en esas semanas y eso dificultaría el parto); pues bien: me tocaba salir de cuentas el 20 de julio y el 19, a las 11:30 de la noche, me puse de parto. No se trató de una rotura de aguas escandalosa, ni siquiera sentí dolor, simplemente comencé a perder líquido, de modo que, recién terminada la cena, no nos quedó más remedio que apilar los platos de cualquier modo en el fregadero, cambiar los pijamas por ropa de calle, coger los bártulos y salir para el hospital tras avisar a los familiares más allegados (padres y suegros). Jamás olvidaré la ansiedad de mi padres cuando les llamé: estaban en la calle y no me oían bien por el móvil. Tampoco olvidaré las caras de mi suegra, mi cuñada pequeña y los titos Adolfo y Rosa cuando nos aproximábamos a la glorieta que da salida al pueblo; ellos viven justamente al lado y prácticamente se abalanzaron sobre el coche dando gritos de alegría. Al fin reanudamos la marcha llenos de buenos propósitos y deseos, tranquilos y preparándonos para el proceso que estábamos a punto de vivir.

El proceso de ingreso fue más o menos breve: en una hora ya había sido reconocida, valorada, enganchada a un bote de antibióticos a través de un gotero (para evitar infecciones por la rotura de membranas) y trasladada a una habitación con la recomendación de que descansara todo lo posible antes de que empezaran las contracciones porque, palabras literales del matrono de turno: "mañana te espera un día muuuuy largo".

Pero poco hubo que esperar. A las tres de la mañana comenzaron las contracciones: una cada quince minutos; a las cuatro, una cada diez minutos; a las seis, una cada siete minutos; a las siete, una cada dos minutos... Mi esposo avisó para que me reconocieran, puesto que el parto parecía que iba bastante rápido. Cuando ingresé tenía el cuello del útero completamente duro, dilatación cero, de modo que empecé a ilusionarme pensando que, con esos dolores tan seguidos, el parto evolucionaría rápidamente y pronto tendría a mi niño en brazos... cuál no sería mi desilusión cuando a las nueve me bajaron al paritorio y sólo estaba dilatada de tres centímetros... Me mandaron de nuevo a mi habitación a seguir usando la pelota de dilatar y sin recomendación ni consejo alguno para hacer el proceso más llevadero (una matrona me riñó porque estaba haciendo mal las respiraciones, pero no me indicó el modo correcto de hacerlas y encima nos echó la bronca porque nos dejamos la pelota en la habitación; después el celador nos dijo que no entendía esa actitud porque "pelotas de esas hay aquí por todas partes").

Aguanté como pude hasta, aproximadamente, las once y media o las doce del mediodía (no recuerdo bien la hora). Los dolores ya me parecían demasiado exagerados y es que, como después corroboró la persona que me atendió en monitores, estaba teniendo hasta tres contracciones seguidas; entre una tanda y otra me quedaban dos minutos escasos en los que no me daba tiempo ni a respirar. Acabé pidiendo la epidural después de que me anunciaran que estaba dilatada de cinco centímetros. Estaba sin fuerzas y, pese a que en el plan de parto había dejado muy claro que quería un parto natural, no me quedó más remedio que aceptar la realidad: estaba agotada, llevaba despierta más de veinticuatro horas y mi cuerpo me decía que tenía que reservar la poca energía que me quedaba para el momento del expulsivo.

Hubo que aprovechar un lapso de tiempo muy corto entre contracciones para realizar la punción y no sentí nada. Ya no me subieron a la habitación, sino que me dejaron en la sala de dilatación. A medida que las piernas se me dormían, las lágrimas afloraban en en mis ojos. Me sentía triste y frustrada porque mi parto no iba a ser natural. Mi marido me consolaba diciendo que había tomado la mejor decisión porque así iba a estar más descansada e iba a empujar mejor. Pasé mi berrinche y me dormí. A la media hora desperté con la parte inferior del cuerpo completamente inmóvil. En ese momento, mi esposo me señaló un póster de un bebé que estaba en la pared justo al lado de mi cama y me preguntó si nuestro hijo se parecería al de la foto. Volví a llorar, esta vez porque, de tanto dolor, se me había olvidado que estaba allí para tener un bebé... Finalmente me recompuse, aunque por dentro seguía estando igual de triste y frustrada, y aguardé el veredicto del equipo médico que me vigilaba cada hora aproximadamente.

Sobre las tres de la tarde y tras una dosis de oxitocina, la dilatación había terminado, pero la cabeza del bebé no se había colocado correctamente sino que estaba girada hacia la izquierda. De nada sirvieron las diversas maniobras que me realizaron fuera y dentro del paritorio: a las cinco menos tres minutos de la tarde, mediante ventosa y fórceps y un soberano esfuerzo por mi parte, gracias al descanso proporcionado por la anestesia, nació mi hijo Roberto.

Tardó unos minutos en llorar mientras mis ojos ansiosos buscaban en el escaso espacio de maniobra que me quedaba mientras recuperaba el aliento y me ayudaban a expulsar la placenta. Al fin le oí, giré la cabeza todo lo que pude y vi sus piernas moverse en el aire mientras lo limpiaban. Por fin lo depositaron en mi pecho y ya lloraba como todo un hombrecito mientras su padre entraba a abrazarnos.

En tres cuartos de hora se solucionó lo del desgarro y la episiotomía. No me quisieron decir cuántos puntos me habían dado, simplemente me dieron la enhorabuena, me felicitaron por mi comportamiento y me dijeron que ese tipo de sutura cicatrizaba muy rápido y no necesitaba ningún cuidado especial.

Y con mis 3500 gramos de vida sobre los hombros y mi príncipe azul vestido de verde quirófano, nos dirigimos a la sala de posparto para recibir las breves felicitaciones de nuestros familiares y dar nosotros mismos nuestros primeros pasos como una familia.

Continuará...

Más lecturas

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Pues ahí va otra entrada sobre mis últimas lecturas...





El padre de Blancanieves, tremendísima novela de Belén Gopegui. Nunca había leído nada suyo, y confieso que este libro, recomendación y préstamo de mi querida Emilia, me costó bastante leerlo: cuando lo llevaba por la mitad, volví a empezarlo y, aún así, lo fui leyendo a trompicones, intercalándolo con otras lecturas, hasta que llegué a un punto en que supongo que debí de captarlo realmente y entonces me enganché a él. Aunque su estilo llega a ser difícil de asimilar en algunos casos, lo cierto es que esta novela destila lucidez por todas partes (y no digo "verdad", ¿eh?). Se trata de una reflexión bastante acertada a la vez que arriesgada, según mi opinión, sobre qué significado han adquirido hoy en día cuestiones como "pertenecer a la clase media", "ser de izquierdas", "militar" en un grupo político...; en definitiva, toda la novela gira en torno a la definición que el ser humano como individuo adquiere respecto a un colectivo, ya se trate de cualquier tipo de grupo cualesquiera que sean sus pretensiones o la misma sociedad, incluso la familia. Es un libro que se puede leer una vez o cien veces y siempre va a dar algo de si, porque son tantos los frentes que abre que es imposible ocuparse de todos al mismo tiempo. No será lo último que lea de esta genial autora.



De la prosa de Delibes poco se puede decir que no haya sido dicho ya: una calidad indiscutible, unida a una gran sensibilidad poética y a una irreprochable capacidad para recrear espacios y épocas. No obstante, pese a la facilidad con que siempre he digerido su narrativa, en el caso de El hereje me ha resultado algo más difícil asimilarla y creo que eso tiene que ver con la intercalación de largos párrafos descriptivos que retrasaban mucho la acción. También hay que tener en cuenta que se trata de una novela de tema histórico y el desfile de hechos y personajes que circula por sus páginas requiere de conocimiento previo sobre el tema y de documentación sobre los hechos que perpetraron cada uno de ellos porque, de lo contrario, es imposible comprender nada. Pese a todo lo dicho, se trata de una novela muy recomendable que cautivará como siempre a los abanderados de Delibes (va por ti, Ineseta). Por cierto, el final es realmente sobrecogedor, creo que incluso tiene valor en sí mismo como relato corto. Si lo leéis, ya me contaréis.



Este libro nos lo recomendaron en las clases de preparto y, aunque no se trate de una obra recreativa, sino más bien de divulgación científica, merece la pena su lectura porque se aprende muchísimo. El eje principal del libro es el vínculo que une al feto con la madre y, por extensión, con el mundo exterior. Es curioso cómo este vínculo se va desarrollando a lo largo del embarazo y las consecuencias que su adquisición tiene para la posterior crianza, incluso hasta llegar a la vida adulta. Otra recomendación que hago a todos los que estén creando vida.






Bueno, en cuanto a esta novela, digamos que el Boris que vemos en la tele no tiene nada que ver con el Boris novelista, o a mí, al menos, así me lo parece, puesto que como personaje público nunca ha llamado lo más mínimo mi atención y, sin embargo, como novelista me parece maravilloso. De esta novela me cautivó al principio su estilo (delicado y poético) pero al sumergirme en la historia me di cuenta de que estaba dejándome atrapar por una espiral de realidad y ficción que imagino que debe de ser bastante difícil de conseguir a la hora de narrar y que pienso que es uno de los grandes aciertos de esta novela. Me he visto bordeando las playas cubanas, arrastrada por un huracán, saboreando arroz con carne guisada y tajadas de plátano con salsa de tomate, hundiendo mis dientes en una sabrosa guayaba, contemplando desde un ventanal el paisaje tropical de La Habana a finales de los cincuenta, en pleno apogeo de las orquestas, los casinos, los cabarets, el chachachá...; he vivido el despegue de una revolución, pero lo que más me ha gustado ha sido asistir en directo al proceso creativo previo al nacimiento de una radionovela que se convierte en telenovela y en su capacidad para encerrar toda una complicada historia personal que no es más que la metáfora de una revolución social. Me ha encantado, como se puede observar, y también lo recomiendo encarecidamente.

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En otro orden de cosas, ya estoy de 9 meses. Me refugio del calor en casa, cerca del ventilador, y paso más tiempo de la cuenta durmiendo. El cuerpo me lo pide, dicen que es porque se está preparando para el parto. En la última revisión, hace tres semanas, Roberto ya pesaba 3 kilos, así que se presume que nacerá bastante grande.
Os visito poco, lo sé, gajes de mi estado.

Cuenta atrás

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Ineseta, de La palabra pronunciada, me ha mandado este precioso regalito (hecho con sus manos, salvo el broche, que se lo encargó a una amiga):























Me encanta el azul de la toalla y el broche es de lo más gracioso (además, me hacía falta uno). Ya estoy pensando en Roberto, sentado en su cochecito, luciéndolo con orgullo cuando salgamos a pasear. Desde aquí presumo de tener una amiga tan generosa por dedicarme parte de su tiempo y por tan atento detalle y le doy mil gracias.

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En otro orden de cosas, tengo que pedir perdón por mis constantes abandonos del blog, pero mis queridos amigos internautas deben comprender que sobrellevar el último mes de embarazo en pleno verano sureño tiene su "conque", como decimos aquí. Y no es que me queje, no, en absoluto, porque, a un mes exacto de salir de cuentas, mi balance de estos meses es de lo más positivo, tanto en el plano físico como en el mental y el emocional. Mi cuerpo apenas ha sufrido cambios salvo por mi triponcha, que a estas alturas me dificulta enormemente tareas como abrocharme los zapatos. No tengo acidez, se me señalan las venas de las piernas pero no llegan a ser varices, subo y bajo las escaleras con total naturalidad (cuando llego a lo alto tengo la lengua fuera, pero no importa...) y me siento muy optimista respecto a cómo se desarrollará el parto. Lo que cuesta un poco controlar es este ansia de que llegue lo más pronto posible y estas ganas de comer desenfrenadas que se sacian con muy poco y que no son más que el reflejo de aquella otra ansiedad.

El cuarto de Roberto ya está dispuesto para su llegada y todas sus cosas en orden:












































































































Los baberos de punto de cruz los ha bordado mi madre. El bolso y el portabiberones son un regalo de mis queridos "padrinos sin papeles" Pepe y Emilia. Hay muchos regalos más por toda la habitación, pero prolongaría la entrada "una jartá" si me pusiera a hablar de todos ellos. Como detalle, en la última balda de la estantería he colocado los cuentos que conservo desde que era pequeña.

Ahora mismo estoy sentada en ese sillón que se ve junto a la cuna, contemplando el conjunto, con el portátil sobre las piernas y el piar de los pájaros en la ventana. Pronto estarás aquí, Roberto, entre mis brazos, alimentándote de mi cuerpo. Pronto chapotearán tus piececitos en el agua y te cambiaré los pañales bajo las láminas de paisajes canarios que tanto me gustan y que con tanto cariño me traje de Costa Adeje (Tenerife sur). Pronto disfrutaremos de deliciosos paseos al fresquito de la tarde-noche, huyendo del calor y de la gente, descubriendo juntos el mundo que ante tus ojos se extenderá dentro de poco y que tú irás percibiendo y construyendo, creándolo de nuevo para ti y haciéndote tu sitio en él. Digo en el mundo en general, porque en el recinto particular de papá y mamá y de toda nuestra familia ya hace mucho que conquistaste esa plaza.

Te esperamos, Roberto. Solo faltas tú.


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31 semanas y 6 días. Sólo quedan 57 días.















Me despierto temprano, con pesadez en el cuerpo, la cabeza mareada y muchas ganas de ir al baño. Resueltas estas cuestiones, preparo el desayuno, sin tanta ansia ahora como en los meses anteriores. Con lo temprano que es y el calor que hace, o el que yo tengo...

Repaso mental: qué falta en la canastilla, qué falta en mi bolso del hospital, qué libro me llevaré, también pondré galletas y frutos secos por si hay hambre... y no es que a estas alturas me intimiden los hospitales ni muchísimo menos. Un vistazo a la habitación: aún quedan cosas por organizar, prendas sin planchar, ropita minúscula sin colocar en los cajones.

Tu nombre está elegido desde hace mucho tiempo; me molesta que me pregunten si ese será el definitivo o lo cambiaré a última hora, y es que no veo por qué habría de cambiarlo (¿los demás sí?).

No puedo salir a la calle sin que gente conocida o desconocida me pregunte por todo lo que se le ocurra preguntar.

Me falta el aire al subir las escaleras. Me aprietan algunas camisetas. Me agacho con dificultad. Me peleo conmigo misma porque quiero hacer todo lo que hacía antes y tardar el mismo tiempo. Me reconcilio al cabo de un rato, me lo tomo con más tranquilidad y hasta me siento en el sofá con las piernas en alto a leer un buen libro mientras el suelo se queda sin barrer. Sólo puedo fregar de lado y sentarme de lado a la mesa del ordenador, ya no conduzco ni hago la compra: una especie de almohadón redondo y duro se interpone ante cualquier superficie, ocupando su espacio y haciendo notar su presencia.

Y yo que siempre había recogido todos los tópicos, que me había fabricado una coraza con ellos, me veo ahora sucumbiendo a la felicidad, acariciando a todas horas a través de mi piel a ese ser que ensaya actos reflejos desde mi interior y cambia de postura cuando menos me lo espero. Me miro mil veces al espejo, como si ese ser pudiera devolverme la mirada. En la realidad le he puesto nombre y en la imaginación le he puesto cara. Pienso en cómo será todo cuando su olor invada la casa y sus grititos le conviertan en el centro de todas las atenciones, en su piel amoretada que con los días cambiará de color, en esa cabecita cuyas dimensiones sólo he podido constatar a través de un monitor. Dentro de mí hay 1650 gramos de vida.

Y no puedo sino darle las gracias por presentarse sin avisar y obligarme a ordenar mi mundo y mi vida, gracias por detener mi locomotora y hacerme caminar a velocidad humana, gracias por ayudarme a priorizar y constatar que todo es menos importante que la propia vida.


Últimas lecturas

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De este clásico, poco se puede decir que no se haya dicho ya: exhaustivo pero ameno, con un estilo muy fresco y desenfadado y unas ilustraciones de gran calidad. Todo lo que pueda surgir a lo largo de nueve meses de espera y algunos más de preparación y de asimilación, está ahí reflejado, sin fisuras ni contradicciones: una lectura ideal tanto para embarazadas como para parejas y familiares.










El Benedetti más típico se encuentra en esta obrita que considero una "lectura entre lecturas", como una especie de entremés entre lecturas más densas. Un recorrido por la infancia, juventud y vida adulta de Claudio, lleno de lugares comunes que el autor retrata con su acostumbrada sensibilidad y maestría.








No aburre ni un segundo: una historia de espionaje contada desde la subjetividad de dos grandes personajes: Isabel de Alsasúa y el "príncipe" Karel, en la que se mezclan aterradores relatos sobre sectas, conflictos diplomáticos internacionales, amor, celos y sexo. Esta autora es todo un descubrimiento y la verdad es que promete, porque aunque se trate de una historia muy clásica, ha sabido darle un giro y potenciar sus puntos de interés. La recomiendo.





Y de postre, Murakami, y vaya postre... Ya es el segundo libro suyo que me leo (el primero fue Kafka en la orilla, que me encantó) y este, aunque en ciertos pasajes decaía levemente, levantaba nuevamente el vuelo y me transportaba a ese Japón dividido entre la paz inexpugnable de sus templos, bosques y jardines, y la aparatosa maquinaria futurista (aquí en ciernes, puesto que la novela se desarrolla a finales de los 70) de sus calles. Murakami es único creando atmósferas oníricas y sumergiendo al lector en ellas. Sospecho que no tardaré mucho en leer algo suyo de nuevo (me ronda Tokio blues)






Por cierto que, justo después de terminarlo, me quedé dormida y soñé con algo que sucede en las cuatro últimas páginas, que no diré qué es pero sí adelantaré que es algo muy sencillo y que tiene que ver con esa capacidad de perdonar que todos llevamos dentro. Y me gustó ese sueño, muchísimo.




Haiku de las veintiseis semanas

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Proceso.

Cambio, desprendimiento.

¿Limitación, pena y despedida?

Aprendizaje, plenitud, satisfacción y vida.

Proceso.


Dedicado a todos aquellos y aquellas que estamos creando vida.

Y la Lentejita...

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...se convirtió en Lentejito o, como dice Daniel (uno de sus futuros amigos y potencial canguro) en Garbancito. Otra noticia que ha hecho correr la baba de papá y mamá, quienes cada día están pendientes de la evolución de su hábitat (mi barriga) y de sus pataditas.