Soy una obsesa del orden (aunque si os asomáis ahora mismo a mi
despacho no os lo creeréis). Archivadores, portacedés, cajones de plástico con tapadera hermética y ruedas (mis preferidos), organizadores de armario, distribuidores de cajón... los adoro. No me desenvuelvo en el desorden, simplemente, no funciono. He sido así desde que era adolescente. Primero era un desastre; después, no sé qué bicho me picó, no era capaz de sentarme a estudiar hasta que todo estaba en su sitio, la sala barrida, el estuche a la izquierda del cuaderno, los diccionarios a la derecha (siempre he usado uno
normal y otro de sinónimos). Durante mi vida universitaria tuve que adquirir otros hábitos, dado que compartía habitación y difícilmente conseguíamos acumular los bártulos (flexos, calentadores, mantas, tendedero, cafetera, infernillo, cazo para calentar leche, mini-despensa, etc). Mis costumbres se flexibilizaron considerablemente... hasta que me casé y tuve mi propia casa. Ahora me desconcentro por el simple hecho de que un florero esté unos centímetros más allá de lo correspondiente, o porque me haya dejado cubiertos sin guardar sobre el poyo de la cocina, o por diez mil tonterías del mismo calibre.
No puedo sino imaginar que tanta obsesión por el orden proviene directamente de mi inseguridad. Necesito saber que las cosas van a estar ahí cuando las busque, tengo que estar segura de que a los cedés, a los apuntes o a los zapatos no les van a salir patitas y van a correr por ahí a esconderse. Cuando no encuentro algo, me pongo nerviosa, muy nerviosa, en esos casos quisiera tener un buscador, un
google metafísico, casero, en el que sólo con teclear
sacacorchos, martillo o lápiz de labios apareciera una ruta mágica que descubriera automáticamente el camino hacia el objeto deseado.
Cuando estoy limpiando, cuando estoy tejiendo, cuando estoy conduciendo o de compras en el supermercado, a veces, fortuitamente, aparecen las respuestas de preguntas que he ido lanzando al aire. ¿Cómo puede ser que, buscando la fecha de caducidad de la leche, acabes descubriendo por qué perdiste a aquél amigo?. ¿Cómo, al activar el intermitente de salida de una glorieta, se descubren en tu mente las razones que necesitas para continuar con tu trabajo?. ¿Cómo, al cruzar la calle bajo un paraguas, se despejan las incógnitas solas, sin ayuda de fórmulas?
La mente siempre está alerta. El centinela nunca duerme. De vez en cuando grita, pero no se le oye con el ruido del tráfico, de las responsabilidades, de los dolores musculares o de las noticias sobre la crisis económica. Hay que escucharse más y quejarse menos. Hay que ordenar, pero ordenar lo justo. No hay que obsesionarse. Las obsesiones ciegan, y la ceguera, a lo único que puede contribuir es a que demos un buen tropezón, salgamos rodando y nos rompamos la cabeza.