miércoles, 28 de enero de 2026

Sobre rabia e impostura

Por recomendación de una buena amiga (una de las que la Providencia te asegura para que no te falten hogar ni refugio), me he abierto una cuenta en Substack. Para quien no sepa de qué estoy hablando, se trata de una red social en la que se presentan obras artísticas, fundamentalmente escritas, por parte de autores desconocidos, en su mayor parte, aunque también he encontrado a algunos consolidados. Lo que más me ha sorprendido en muchos usuarios a quienes he ido visitando es el malestar que manifiestan por sentirse bloqueados como escritores o porque piensan que sus producciones carecen de suficiente calidad. "En comparación con qué" - me pregunto, yo que soy la primera en desechar párrafos enteros cuando un adjetivo se me antoja rimbombante o cuando un verbo no termina de acercarse al matiz de significado que pretendo evocar. En esos momentos recojo el portátil con rabia, enfadada más que con las limitaciones inherentes a la naturaleza del lenguaje, con mi manifiesta incapacidad para ampliar y reorganizar un inventario léxico en el que no se reconocen ni la acción ni el efecto de una licenciatura en Filología. Así es el autosabotaje perpetrado por el Síndrome de la impostora, un término del que no supe hasta después de treinta y tantas vueltas a la resplandeciente masa de fuego que hace posible la vida en nuestro planeta. Unos cuantos viajes más hemos dado juntas y aún quedarán otros tantos hasta que acabemos por resignarnos a soportarnos mutuamente con el hastío de dos marchantes condenados a consumirse en el mantenimiento de una sociedad forzada. Continuaremos firmando al alimón nuestros escritos: por un lado, Laura; por otro, el ente incorpóreo que se interpone ella misma y su propia mirada. 

Hace tiempo que Laura derribó a patadas el muro de mampostería que ocultaba la salida de emergencia, rescató sus antiguas botas de senderismo y empezó a desbrozar un camino cuyas piedras reconocía a medida que se las iba encontrando, un sendero que creía borrado pero que, inexplicablemente, resurgía acoplándose al rotundo sello de cada huella. Cada caminante, con su sombra; cada creador con su antítesis: el lastre de sus miedos, el espejo cóncavo que le arroja sus defectos, el saco de remiendos en el que arrastra los escombros rebañados por la uña del martillo en su afán de llegar alguna vez a destrozar la madriguera donde proliferan los fantasmas que habitan en su cabeza: la impostora, la espeluznante voz que en cada punto y seguido le repite que no siente, que no expresa, que no empatiza, que no refleja, que no vale.

A vista de pájaro, su escaso recorrido se diluye entre los surcos que dejaron los que fueron mucho más rápido y llegaron más lejos. Algunos trazaron calzadas, avenidas, apacibles y luminosos paseos flanqueados de palmeras, faroles y parterres. 

Lo acepta. Comprende que la auténtica lectura del cuentakilómetros no se le revela hasta que el cansancio le cierra los párpados y la abandona a la brumosa incertidumbre de la noche. Sangrará palabras, las mismas que no germinaron o fueron arrasadas por la mano impetuosa e inmisericorde que les cobró caro el atrevimiento de florecer en el papel. Lo entiende. No pertenece a la naturaleza de la impostora el contener su furia, ni permitirse clemencia, ni desaparecer. 

Caminarán juntas, en un solo cuerpo bicéfalo, decorosamente encerrados los rostros en el prósopon. Fluirán las entradas, las páginas, algún día tal vez, por fin, la ansiada novela. Y habrá quien decida ocupar su tiempo en tantearlas, leerlas, tal vez soñarlas, enfundado en el semblante adormecido y disperso de quien apenas vislumbra entre líneas las tribulaciones de un triste monstruo con dos cabezas. 

https://youtu.be/FhW6nayhqFU?si=LxJNbFlEaO4-RUdR

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