Me pregunto por qué sigo manteniendo este blog. Una media de cuatro entradas por año en los últimos cinco y una gravitación continua entre la necesidad de gritar y la de morderme los silencios me mantiene en precario equilibrio sobre el desvencijado trapecio de una expresión literaria que no consigo depurar como quisiera, a merced de un tiempo que no controlo y que se me desmorona en forma de horas que se agotan en minutos. Nada nuevo bajo el sol. Mi vida transcurre en esta suerte de día de la marmota en la que los amaneceres no escuecen y los anocheceres no impresionan. Apenas se marcan las arrugas bajo la capa encerada de esta máscara casi infantil. Las grietas van por dentro, filtran la humedad y retienen la calima, se resquebrajan y duelen, duelen como qué se yo. Con qué se compara el dolor sordo, el que no rebota en los sentires de otros, el que no brota más que en forma de palabras alumbradas sobre un teclado y viaja de incógnito a cualquier parte del mundo sin más peaje que el de una breve intoxicación de melancolía y, de vez en cuando, un efímero diálogo con quienes aplacaron su paso para detenerse un momento junto a ti y saludarte.
Otro septiembre que no sabe a nada. Ni a encerado refrescado al abrazo de una bayeta húmeda, ni a suelo lustrado por discos de diamante, ni a remesas de papel fresco derramado sobre las mesas como el género recién expuesto a la brisa de la lonja, ni a disolvente ascendido a éter en la atmósfera de un aula recién terminada de remozar. Lo nuevo es lo de otros. Y va más allá de las mochilas con su etiqueta todavía colgando, de vistosos plumieres con ceras de colores inverosímiles, de esos lápices de grafito que nunca escribirán tan fino como el primer día, ni esas gomas de borrar que nunca se volverán a ver igual de limpias, de esa suerte de lozanía conceptual que brilla en los libros nuevos y de la ilusión de esa primera hoja en blanco en la que se anota primero la fecha y desde allí se aprecia el brillo de lo que está por venir a pesar de encontrarse escrito con tinta invisible. Lo nuevo es la ilusión por lo nuevo, y esa es la estación desde donde veo partir los trenes desde hace cuatro años. El pellizquito de que el viaje empieza y mis maletas no parecen decididas a abandonar el andén.
Siempre pienso en dos cosas: la primera es si sirvieron de algo mis años como profesora, esos que añoro y a los que, de vez en cuando, aunque sepa de sobra que mis condiciones de salud actuales no lo permiten, me gusta imaginarles una continuación, en el contexto que fue o en otro diferente. Escenarios: casi siempre uno solo, el aula donde fui tutora varios años seguidos, si la memoria no me falla, que esa es otra porque mi memoria ya hace lo que quiere. Ha borrado mucho y ha multiplicado otro tanto. Ha tallado, estilizado, deformado y reestructurado la imagen de lo que fui hasta convertirme en algo que no puedo reconocer. Cómo conduje tantos kilómetros bajo insondables capas de niebla en plena madrugada, cómo sostuve un hogar y crié a mis hijos con destinos a horas de mi casa, cómo sobrellevé el rigor de las tutorías, el fragor de adolescencias desbocadas, la tortura de años de oposiciones, la carcoma de una enfermedad latente que acabó apartándome de una patada de mi órbita cuando al fin me había ganado la estabilidad que tanto buscaba.
Me encantaba leerles en voz alta a los chavales, me divertía que compartieran sus cosas conmigo y me exasperaban los malabarismos dialécticos que eran mi último recurso cuando me tocaba impartir mi materia a última hora. Era extremadamente ordenada en el desarrollo de los temarios y el día en el que iniciaba cada unidad avisaba de las fechas de cada una de las pruebas o trabajos de evaluación relacionados. Tardaba mucho en corregir y más de una vez me equivocaba con las puntuaciones, producto de realizar esa tarea casi siempre de madrugada. Era pesada hasta la extenuación con el "expresa tu opinión sobre el contenido del texto (mínimo: 10 líneas) con coherencia, cohesión y adecuación, prestando especial atención a la corrección ortográfica" y con señalar con un corazón los apartados del temario que entraban en el examen (que acababan siendo todos). Maestra, tengo la libreta llena de corazones. Es que esta asignatura está llena de amor. Era una dinosauria con vaqueros desgastados, una madre de las de antes inexplicablemente coronada por una melena visible desde cualquier ángulo del patio del recreo. ¿Hoy quién está de guardia? La del pelo rojo. Noooo.
Toda mi vida académica sin tener que usar gafas. Me las recetaron justo al principio de mi jubilación. Como la primera pieza de mi nuevo uniforme, las llevo suspendidas de una cuerda, tanto si las necesito como si no. Quién sabe si, mientras camino por la calle, necesitaré ajustármelas para apreciar los componentes sintácticos de un hipérbaton, o si un transeúnte, de repente, me detiene para desplegar sus dudas sobre los términos de una intrincada metáfora. Quién sabe si tendré que leer y hablar de lo que he leído, porque mis lecturas las llevo en los huesos, son el ácido fólico que los protege de la osteoporosis. Mis lecturas son capítulos vividos dentro de mi vida y mis libros son la memoria de lo que septiembre sembró para mí. El día en que los fusibles de mi cerebro empiecen a fundirse, mis hijos me harán pasar los dedos por sus lomos, me leerán en voz alta sus títulos y una versión muy obsoleta de mí misma volcará los recuerdos que le queden en un ingrávido soporte que no dejará más que estelas. Hasta entonces, serán mi parapeto, mi balcón, los peldaños de una escalera desde la que cada vez miraré el mundo desde más arriba y todo lo que vea me parecerá más relativo, más pequeño y menos capaz de hacerme daño. Llegarán más septiembres y de nuevo quedarán al aire mis vulnerabilidades y mis heridas. Extrañaré menos los pasados y quizás construya unos futuros en los que septiembre se erija como primer mes de año, por ser el de mi nacimiento, y no el de la muerte de una parte de mí misma cuyo último réquiem espero que se quede en estas líneas.
Cada año, los geranios de mi terraza vuelven a florecer a finales de septiembre. Uno es rojo y otro, rosa. Por alguna razón que no logro entender, los blancos y los morados se me mueren.
Este año he plantado zinnias y ya han salido los primeros brotes.
Existen plantas que despliegan su exuberancia sin tener que dar flores; en mi patio proliferan la dracaena, el poto, la monstera, el ficus.
Por qué sigo manteniendo este blog.
Porque no puedo resistirme al encanto de las flores que crecen en la acera donde mis pasos quedaron congelados hace cuatro años. Porque me gusta pensar que la vida me detuvo en este punto para que observara cómo crecían para mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario