miércoles, 9 de septiembre de 2026

Las flores de septiembre

 Me pregunto por qué sigo manteniendo este blog. Una media de cuatro entradas por año en los últimos cinco y una gravitación continua entre la necesidad de gritar y la de morderme los silencios me mantiene en precario equilibrio sobre el desvencijado trapecio de una expresión literaria que no consigo depurar como quisiera, a merced de un tiempo que no controlo y que se me desmorona en forma de horas que se agotan en minutos. Nada nuevo bajo el sol. Mi vida transcurre en esta suerte de día de la marmota en la que los amaneceres no escuecen y los anocheceres no impresionan. Apenas se marcan las arrugas bajo la capa encerada de esta máscara casi infantil. Las grietas van por dentro, filtran la humedad y retienen la calima, se resquebrajan y duelen, duelen como qué se yo. Con qué se compara el dolor sordo, el que no rebota en los sentires de otros, el que no brota más que en forma de palabras alumbradas sobre un teclado y viaja de incógnito a cualquier parte del mundo sin más peaje que el de una breve intoxicación de melancolía y, de vez en cuando, un efímero diálogo con quienes aplacaron su paso para detenerse un momento junto a ti y saludarte. 

Otro septiembre que no sabe a nada. Ni a encerado refrescado al abrazo de una bayeta húmeda, ni a suelo lustrado por discos de diamante, ni a remesas de papel fresco derramado sobre las mesas como el género recién expuesto a la brisa de la lonja, ni a disolvente ascendido a éter en la atmósfera de un aula recién terminada de remozar. Lo nuevo es lo de otros. Y va más allá de las mochilas con su etiqueta todavía colgando, de vistosos plumieres con ceras de colores inverosímiles, de esos lápices de grafito que nunca escribirán tan fino como el primer día, ni esas gomas de borrar que nunca se volverán a ver igual de limpias, de esa suerte de lozanía conceptual que brilla en los libros nuevos y de la ilusión de esa primera hoja en blanco en la que se anota primero la fecha y desde allí se aprecia el brillo de lo que está por venir a pesar de encontrarse escrito con tinta invisible. Lo nuevo es la ilusión por lo nuevo, y esa es la estación desde donde veo partir los trenes desde hace cuatro años. El pellizquito de que el viaje empieza y mis maletas no parecen decididas a abandonar el andén. 

Siempre pienso en dos cosas: la primera es si sirvieron de algo mis años como profesora, esos que añoro y a los que, de vez en cuando, aunque sepa de sobra que mis condiciones de salud actuales no lo permiten, me gusta imaginarles una continuación, en el contexto que fue o en otro diferente. Escenarios: casi siempre uno solo, el aula donde fui tutora varios años seguidos, si la memoria no me falla, que esa es otra porque mi memoria ya hace lo que quiere. Ha borrado mucho y ha multiplicado otro tanto. Ha tallado, estilizado, deformado y reestructurado la imagen de lo que fui hasta convertirme en algo que no puedo reconocer. Cómo conduje tantos kilómetros bajo insondables capas de niebla en plena madrugada, cómo sostuve un hogar y crié a mis hijos con destinos a horas de mi casa, cómo sobrellevé el rigor de las tutorías, el fragor de adolescencias desbocadas, la tortura de años de oposiciones, la carcoma de una enfermedad latente que acabó apartándome de una patada de mi órbita cuando al fin me había ganado la estabilidad que tanto buscaba. 

Me encantaba leerles en voz alta a los chavales, me divertía que compartieran sus cosas conmigo y me exasperaban los malabarismos dialécticos que eran mi último recurso cuando me tocaba impartir mi  materia a última hora. Era extremadamente ordenada en el desarrollo de los temarios y el día en el que iniciaba cada unidad avisaba de las fechas de cada una de las pruebas o trabajos de evaluación relacionados. Tardaba mucho en corregir y más de una vez me equivocaba con las puntuaciones, producto de realizar esa tarea casi siempre de madrugada. Era pesada hasta la extenuación con el "expresa tu opinión sobre el contenido del texto (mínimo: 10 líneas) con coherencia, cohesión y adecuación, prestando especial atención a la corrección ortográfica" y con señalar con un corazón los apartados del temario que entraban en el examen (que acababan siendo todos). Maestra, tengo la libreta llena de corazones. Es que esta asignatura está llena de amor. Era una dinosauria con vaqueros desgastados, una madre de las de antes inexplicablemente coronada por una melena visible desde cualquier ángulo del patio del recreo. ¿Hoy quién está de guardia? La del pelo rojo. Noooo. 

Toda mi vida académica sin tener que usar gafas. Me las recetaron justo al principio de mi jubilación. Como la primera pieza de mi nuevo uniforme, las llevo suspendidas de una cuerda, tanto si las necesito como si no. Quién sabe si, mientras camino por la calle, necesitaré ajustármelas para apreciar los componentes sintácticos de un hipérbaton, o si un transeúnte, de repente, me detiene para desplegar sus dudas sobre los términos de una intrincada metáfora. Quién sabe si tendré que leer y hablar de lo que he leído, porque mis lecturas las llevo en los huesos, son el ácido fólico que los protege de la osteoporosis. Mis lecturas son capítulos vividos dentro de mi vida y mis libros son la memoria de lo que septiembre sembró para mí. El día en que los fusibles de mi cerebro empiecen a fundirse, mis hijos me harán pasar los dedos por sus lomos, me leerán en voz alta sus títulos y una versión muy obsoleta de mí misma volcará los recuerdos que le queden en un ingrávido soporte que no dejará más que estelas. Hasta entonces, serán mi parapeto, mi balcón, los peldaños de una escalera desde la que cada vez miraré el mundo desde más arriba y todo lo que vea me parecerá más relativo, más pequeño y menos capaz de hacerme daño. Llegarán más septiembres y de nuevo quedarán al aire mis vulnerabilidades y mis heridas. Extrañaré menos los pasados y quizás construya unos futuros en los que septiembre se erija como primer mes de año, por ser el de mi nacimiento, y no el de la muerte de una parte de mí misma cuyo último réquiem espero que se quede en estas líneas. 

Cada año, los geranios de mi terraza vuelven a florecer a finales de septiembre. Uno es rojo y otro, rosa. Por alguna razón que no logro entender, los blancos y los morados se me mueren. 

Este año he plantado zinnias y ya han salido los primeros brotes. 

Existen plantas que despliegan su exuberancia sin tener que dar flores; en mi patio proliferan la dracaena, el poto, la monstera, el ficus. 

Por qué sigo manteniendo este blog. 

Porque no puedo resistirme al encanto de las flores que crecen en la acera donde mis pasos quedaron congelados hace cuatro años. Porque me gusta pensar que la vida me detuvo en este punto para que observara cómo crecían para mí. 




jueves, 5 de febrero de 2026

Mañana no se sabe

Se suceden las borrascas y la cabeza me va a estallar. El ojo derecho sucumbe a la ptosis. Crujen las articulaciones. Escuecen las cicatrices repartidas a lo largo del cuerpo, relatando sus historias en una polifonía de radionovela. Revientan húmedas pústulas en las paredes que se pintaron este verano. Y cuando salga el sol, las tendré que volver a pintar. 

Se suceden los archivos cuajados de borradores en mi portátil, con más de diez años, que todavía, pese a los kilómetros y las batallas, cumple sus funciones con dignidad. Los ojos repasan, protegidos tras las gafas. Cruje la espalda. Revuelan las palabras al azote del teclado que las barre de una página a otra, en busca de una cohesión que nunca parece adecuada. Rielan las gotas de lluvia en el cristal de esa ventana que exhibe a la luz del día mi silencioso diálogo con las sombras. Y cuando toque hueso, me volveré a quedar muda y la página seguirá en blanco un día más. 

Se suceden pensamientos grises y cefaleas de origen tensional. El ojo derecho ha arrastrado al izquierdo y se va apagando la voz física pero la mental no para de gritar. No te permites caer. Con lo bien que aprendiste a no hacerte concesiones, ¿se las vas a permitir a una enfermedad? Respetas en tiempo y forma la pauta del tratamiento. Unos días cunden más porque despiertas como si renacieras, no hace frío ni calor, soñaste con las palabras que querías escribir, no tienes que hacer ningún recado y recuerdas que en el congelador aún te quedaban varias fiambreras de lentejas. Otros días te cunden menos porque la casa parece haberse vuelto del revés durante la noche, se te había olvidado que la masa de las croquetas esperaba en la nevera y tu sistema inmunitario ha decretado que hoy no hay orden que valga. Y piensas sin querer en tantas y tantas veces como te han recordado "lo bien que estás", abrasándote en la ignota quemazón de los cirios que te arden por dentro. Y otra vez te amarran a la cama los mismos lazos que te impiden salir huyendo en tus pesadillas. Y no hay forma de gritar, ni en este plano ni en ningún otro: la afonía es el leitmotiv de las realidades que habitas. 

Mañana amainará. O no. 

Mañana escribiré. O no.

Mañana avanzaré, creceré, adelantaré, produciré, culminaré. O no.

Mañana, si es que se me espera mañana. O no. 



miércoles, 28 de enero de 2026

Sobre rabia e impostura

Por recomendación de una buena amiga (una de las que la Providencia te asegura para que no te falten hogar ni refugio), me he abierto una cuenta en Substack. Para quien no sepa de qué estoy hablando, se trata de una red social en la que se presentan obras artísticas, fundamentalmente escritas, por parte de autores desconocidos, en su mayor parte, aunque también he encontrado a algunos consolidados. Lo que más me ha sorprendido en muchos usuarios a quienes he ido visitando es el malestar que manifiestan por sentirse bloqueados como escritores o porque piensan que sus producciones carecen de suficiente calidad. "En comparación con qué" - me pregunto, yo que soy la primera en desechar párrafos enteros cuando un adjetivo se me antoja rimbombante o cuando un verbo no termina de acercarse al matiz de significado que pretendo evocar. En esos momentos recojo el portátil con rabia, enfadada más que con las limitaciones inherentes a la naturaleza del lenguaje, con mi manifiesta incapacidad para ampliar y reorganizar un inventario léxico en el que no se reconocen ni la acción ni el efecto de una licenciatura en Filología. Así es el autosabotaje perpetrado por el Síndrome de la impostora, un término del que no supe hasta después de treinta y tantas vueltas a la resplandeciente masa de fuego que hace posible la vida en nuestro planeta. Unos cuantos viajes más hemos dado juntas y aún quedarán otros tantos hasta que acabemos por resignarnos a soportarnos mutuamente con el hastío de dos marchantes condenados a consumirse en el mantenimiento de una sociedad forzada. Continuaremos firmando al alimón nuestros escritos: por un lado, Laura; por otro, el ente incorpóreo que se interpone ella misma y su propia mirada. 

Hace tiempo que Laura derribó a patadas el muro de mampostería que ocultaba la salida de emergencia, rescató sus antiguas botas de senderismo y empezó a desbrozar un camino cuyas piedras reconocía a medida que se las iba encontrando, un sendero que creía borrado pero que, inexplicablemente, resurgía acoplándose al rotundo sello de cada huella. Cada caminante, con su sombra; cada creador con su antítesis: el lastre de sus miedos, el espejo cóncavo que le arroja sus defectos, el saco de remiendos en el que arrastra los escombros rebañados por la uña del martillo en su afán de llegar alguna vez a destrozar la madriguera donde proliferan los fantasmas que habitan en su cabeza: la impostora, la espeluznante voz que en cada punto y seguido le repite que no siente, que no expresa, que no empatiza, que no refleja, que no vale.

A vista de pájaro, su escaso recorrido se diluye entre los surcos que dejaron los que fueron mucho más rápido y llegaron más lejos. Algunos trazaron calzadas, avenidas, apacibles y luminosos paseos flanqueados de palmeras, faroles y parterres. 

Lo acepta. Comprende que la auténtica lectura del cuentakilómetros no se le revela hasta que el cansancio le cierra los párpados y la abandona a la brumosa incertidumbre de la noche. Sangrará palabras, las mismas que no germinaron o fueron arrasadas por la mano impetuosa e inmisericorde que les cobró caro el atrevimiento de florecer en el papel. Lo entiende. No pertenece a la naturaleza de la impostora el contener su furia, ni permitirse clemencia, ni desaparecer. 

Caminarán juntas, en un solo cuerpo bicéfalo, decorosamente encerrados los rostros en el prósopon. Fluirán las entradas, las páginas, algún día tal vez, por fin, la ansiada novela. Y habrá quien decida ocupar su tiempo en tantearlas, leerlas, tal vez soñarlas, enfundado en el semblante adormecido y disperso de quien apenas vislumbra entre líneas las tribulaciones de un triste monstruo con dos cabezas. 

https://youtu.be/FhW6nayhqFU?si=LxJNbFlEaO4-RUdR

lunes, 5 de enero de 2026

Vivir para fabularlo

Analizando tanto el contenido como la forma que adquirieron las últimas entradas que escribí en este blog, así como el lapso temporal que las separa, pese a que el año pasado me hice la secreta promesa de intentar no abandonar el hábito de la escritura, no me queda más que aceptar lo que parece que no quiero ver al asomarme a esta ventana y que no es, ni más ni menos, que lo que contemplo cada día al despertar: mi propio y silencioso repliegue hacia un lugar recóndito y cada vez más oscuro en el que pincha y escuece una supuesta comodidad cada vez más incómoda. Tres años y medio después de haber tenido que decirle adiós a mi trabajo soñado, el que absorbió las horas más lúcidas de mis edades más enérgicas, no fue una forma de ganarse la vida lo único que se marchó: todo un afuera, toda una arquitectura repleta de atrezzo, personajes y argumentos, con su propio aparato tramoyístico que, de vez en cuando, se revelaba capaz de estallar en fuegos artificiales, se desvaneció de pronto como un fundido en negro en el que la más desnuda incertidumbre se convierte en el contenido único del resto de los fotogramas. No me quedé vacía. Me quedé sin un horizonte hacia el que caminar. Di vueltas en redondo. Retomé actividades, relaciones y figuras del pasado. Recontextualicé. Redoblé esfuerzos para atender a mi familia y mis obligaciones después de que lo que fuera que se rompió en mi interior se mostrara a todas luces imposible de recomponer. 

Volví a escribir como por inercia, en esta que fue mi casa desde 2007 pese a que en un momento dado borré su estructura con dos golpes de teclado. Poco a poco la vestí de nuevo, la fui reformando al hilo de una realidad a ratos desoladora y amable a otros tantos, llegando en ocasiones a unos matices tan barrocos que borraba las entradas antes de publicarlas por tratarse de pastiches, sentimientos sin orden, pensamientos sin dirección. La mente disciplinada a base de estudio y entrenamiento diario se había tornado una esponja tan empapada de sus propios jugos que el moho empezaba a conquistar su superficie. Tocaba escurrirla, higienizarla, dejar que sus poros se abrieran al abrigo del sol y al azote del viento. Las noches de insomnio presidieron el derrame del contenido de los cajones a lo ancho de un pavimento movedizo, las puertas que volaron por los aires al ser golpeadas sin misericordia por el ímpetu de la inundación. Seco y oreado el músculo del desengaño, abiertas las grietas por donde la existencia abandona sus sedimentos, no queda más que una página en blanco y la confusa promesa de honestidad que proporciona la máscara literaria. 

Todo esto solo para decir que me propongo, una vez más, a tratar de escribir más y mejor, de limar un estilo que termina por arrastrarme a una aparatosidad que me obliga a rechazarlo, que continuaré arañando el tiempo y el silencio necesario para saldar una deuda interior que no dejará de atormentarme mientras los granos de arena se precipiten inexorablemente por el itsmo de su estilizada prisión de cristal: vivir para fabularlo.