Cada día a las tres y media, el tiempo hace un paréntesis y el espacio se transforma (dicen que tiempo y espacio son relativos y siempre coinciden en un punto); y allá que vamos, robándonos la palabra hasta el arroyo en cuyos aledaños pastan caballos, apurando el camino cuesta arriba, contestando con un hola apresurado o un adiós sin aliento a personas que unas veces conocemos y otras no, que nos cruzamos a diario o esporádicamente y cuya amplitud de zancada a menudo nos supera. Paramos junto a un olivo, siempre entre risas, que nos ahogamos, c*ñ*, un tractor nos pasa por la vera, volvemos a saludar y seguimos; el diálogo adquiere una dinámica y un orden, mientras los saludos se insertan como giros naturales en la conversación; alguna que otra mirada se vuelve para comprobar la amplitud de mi vientre, que se estira al sol como desperezándose del largo invierno en que ha estado desarrollándose y preparándose para la inminente primavera en la que le tocará crecer.
Se alivian las piernas al divisar el camino de vuelta. Una vereda abrupta, embarrada cuando llueve, abrigada por los olivos y anunciando el temblor del río. Bajamos la cuesta sin esfuerzo, como si nos empujaran, hasta llegar al desnivel en el que el paisaje se abre en forma de panorámica azul celeste y verde intenso, el sol nos da en la cara y el río canta a nuestros pies. Descendemos. No se sabe por qué, ahora hablamos menos.
Bordeamos el parque, enfilamos la calle. Toca el café. Y otra vez a hablar, y hablar...
A veces se hace de noche. La veo caer desde los cristales de su casa, sobre la vía del tren flanqueada de árboles, junto a una estufa de gas que te achicharra si te acercas demasiado. No sé cuántas vueltas le hemos dado al mundo con los pies enfundados en nuestras zapatillas deportivas y las mentes inmersas en procesos y cambios tan tangibles para nosotras como el suelo que pisamos. Todo se nombra y todo se coloca en su lugar.
Las tardes de mayor lucidez conseguimos incluso sacar conclusiones. La de ayer giraba en torno a:
¿Cuánto te llena lo que hay a tu alrededor?, ¿qué te aporta?
Claro que eso no son conclusiones, son preguntas. Pero esto no es un tratado de psicología, es la vida, y en la vida, la respuesta a una pregunta abre otras mil preguntas.





11 comentarios:
Dama Zahorí, me encantó como describes esos paseos vespertinos, el café y la estufa, la gente y tú...
De verdad que me pareció entrañable, casi pude oir ese tractor y ver ese vientre que se despereza al sol.
Encantador!!!!
Besos
Tu vientre es fruto del AMOR al que cantamos todos hoy!!!!.
Pienso que lo mejor que nos puede aportar es Crecimiento en la paz y armonía que nos regala la Naturaleza!!!
Maravilloso!!
Saludos
Me ha gustado mucho tu relato y es que un paseo da para mucho.
Un beso.
Un hermoso relato. Describes mi ambiente, caminar me encanta, desarrolla mi creatividad, me relaja y abre mi mente. Y una buena compañia esperando la noche, que más pedir.
Besos
Laura, genial. Escribes tan bien... Espero el próximo.
Gracias por tu comentario Laura. Sigue con esos paseos, sientan muy bien cari. Bss.
Hola, Laura, fenomenales dotes de observación y de capacidad para transmitir y relatar el momento y la jornada. Mira, cuando puedas, lo que me pasó a mí en un paseíto por Egipto. Saludos blogueros
¿Como estas Laurita?.Un beso fuerte
Nuestro entorno que vamos cultivando a través del tiempo, es parte de nuestro vivir.
De nosostros depende hacerlo hermoso o...no.
Cariños
La vida es un cúmulo de intereses, de deseos, de complacencias... LA vida es eso...
Saludos y un abrazo.
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