Sin propósitos pero con un regalo,

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así es como voy a recibir al nuevo año.

Se me va un 2010 en el que no he leído ni he tejido casi nada (Mentira, sí he leído, pero pocos libros he llegado a terminar. En la última semana he apurado El tiempo entre costuras y en tres días me he bebido Los hombres que no amaban a las mujeres, pero no me ha dado tiempo a escribir ninguna entrada. Mentira, sí he tejido, casi todo reposa en bolsas distribuidas por los armarios de mi casa en un desolador estado de abandono: chaquetas sin cuello y sin una manga, prendas de abrigo sin terminar por falta de lana, bufandas no a medio terminar, sino casi a medio empezar, y, para una cosa que termino ni la he enseñado en el blog, anda que...)

Prosigo. Se me va un 2010 plagado de momentos no buenos, sino muuuuuy buenos, pero más prolífico aún en quebraderos de cabeza. Adiós al año en que tuve la oportunidad de obtener una plaza en un proceso opositor (el segundo en mi caso) y, por un audaz contubernio entre fuerzas opuestas, las puertas del cielo se me volvieron a cerrar en las narices. Adiós a un curso escolar, el de mi "debut" como docente, realmente agotador y frustrante. Adiós de nuevo a compañeros que me hacían sentir querida e importante (va por todos, Torres, y cómo no, por ti).

Ahí quedó el verano en el que disfruté de las vacaciones más alucinantes que he vivido nunca: costa Adeje y un frenético tour alrededor de la isla que me hizo enamorarme de Tenerife (y La Gomera). Vuelta a la vida de interina, nuevo IES, nuevas caras.

Atrás dejo un año completito en el que, a nivel personal, puedo decir que he tocado todos los palos: de la euforia más eufórica al bajón más pronunciado. Y vuelta a empezar. Malestar, días de incertidumbre, decisiones y una gran sorpresa. Lentejita que se manifiesta. La promesa de una gran alegría.

De modo que, este año, paso de aquello de los propósitos. En cambio, me voy a hacer un gran regalo:
Un año sin propósitos. Un año sin una expectativa concreta que cumplir o, visto de otro modo, un año en que las expectativas surjan de forma natural, en concordancia con el desarrollo de los acontecimientos. Qué narices. He crecido, he aprendido, me he dado de bruces con la gente y con las cosas, he madurado, he estudiado una carrera, me he independizado, he trabajado, he sufrido una enfermedad, he recuperado mi vida, he opositado, he vuelto a trabajar, he ayudado a poner en pie esta casa, me he casado, he seguido trabajando, he vuelto a opositar, cada día lucho por mantener en pie el escenario de ensueño en el que se desarrolla mi vida, he cuidado y sigo cuidando de los míos, me he vaciado por dentro para ser mejor conmigo misma y con la gente que me rodea. ¡Y encima voy a ser madre...!

Por eso, durante este año, solamente voy a vivir.

FELIZ 2011, QUERIDOS LECTORES, Y GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Felices fiestas...

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...les desea a todos La Dama Zahorí.



Y esto, por si hacen unas lecturitas:

Maese Pérez, el organista. Gustavo Adolfo Bécquer.

La Nochebuena de 1836. Mariano José de Larra.

El espejo de la madrastra de Blancanieves

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Vienes como siempre, con tu sonrisa pintada, tus relatos intrascendentes y tu voz que sobresale por encima de las demás. Vienes y tengo que cortar una conversación telefónica. Vienes y no importa quien venga contigo. Destacas.

Vienes y dejo todo lo que tengo que hacer porque has venido. Vienes y me avergüenzo de mis imperfecciones y de las imperfecciones que me rodean. Vienes y no te miro, no quiero mirarte, mira, no tengo por qué mirarte.

Pasó el tiempo, las heridas se curaron pero no terminaron de cicatrizar. A veces supuran rabia, una ira sorda que sobrepasa lo aceptable y se impregna en lo cotidiano, una ira que es sólo mía y de la cual también acabo avergonzándome.

La madrastra de Blancanieves tenía un espejo, espejito, al cual solía preguntarle quién era la mujer más hermosa de todo su reino. "Vos, mi ama", respondía diligente cada día aquel espíritu preso en un trozo de cristal, aquel amago de inteligencia tal vez complaciente, tal vez coaccionada, aquella superficie pulida sin escrúpulos o sin elección, quién sabe, el caso es que respondía, lo mismo cada día, sin fallar ni uno solo, sin llegar a suscitar ni una débil posibilidad de duda acerca de que su comportamiento era exclusivamente el que tenía que ser.

Quién sabe si el espejo se cansó de la madrastra pesada, quién si el resplandor de algo parecido a la pura verdad lo deslumbró. Aún pudo ser que el esclavo quisiera poner a prueba al amo, e incluso delirase con la idea de ocupar su lugar o, lo mismo, el espejito tenía tendencias suicidas. Una mañana común como cualquier otra, un amanecer templado, con nubes difusas sobre un cielo color azul cielo, con un sol de esos redondos y amarillos asomado al ventanal de un majestuoso torreón, en cuyo interior, animado con el ruido de pasos de los sirvientes que van y vienen, afanados en el desempeño de las labores domésticas, una bella dama de rostro y figura inverosímiles, envuelta en un camisón de tules blancos, se inclina sobre su tocador después de cepillar su lustrosa melena y formula su pregunta diaria. La dama, al principio, no se sorprende. Cree que ha oído mal. Su espejo siempre dice la verdad, o al menos, una verdad que jamás le lleva la contraria. Reformula la cuestión. Ya no pregunta, afirma: "Verdad, espejito, que soy la mujer más bella de este reino..."


La ira de la dama no conoce parangón. El espejo niega, y niega, y niega. Vuela el contenido de la mesa del tocador. En el aire se respira tensión y la mezcla mareante, vomitiva, del contenido de todos los frascos de perfume que yacen en pedazos por el suelo. Unas criadas abren la puerta, pero no se atreven a entrar. La reina impreca e increpa, a todos y contra todo. Da vueltas sobre sí misma con las manos en las sienes y la melena crespa, agitándose en todas direcciones. Da patadas al aire. Al fin grita, grita tan fuerte que el pulido cristal comienza a vibrar. La dama levanta la vista y la clava en el objeto de su furia, camina hacia él con los pies descalzos cruzando por encima de todo, sangrando al contacto con los trozos de vidrio perfumado esparcidos por el suelo. El espejo tiembla, tiembla él sólo y agoniza. La dama le ayuda a morir. Sólo es necesario que, en otro destello de furia, lo agarre con ambas manos y lo arranque de la pared, y sólo con otro arrebato de rabia basta para que lo estrelle contra el muro con todas sus fuerzas. El día se apaga. Una hilera de partículas microscópicas son su sangre. El espejo se rompió.


Se rompió el espejo, nuestro espejo, el espejo que tantos años has sido para mi. Era su sino: era un espejo cóncavo, deformado, un espejo que, en vez de devolverme mi propia imagen, me arrojaba la imagen de lo que tú querías que yo fuera. Tenía que pasar: un espejo con una fisura, con muchas fisuras, un espejo que, al mínimo roce, no tendría más remedio que resquebrajarse. Un espejo al que yo he ayudado a morir.


Otro mito que cae. Un mito menos y un poco más de libertad. Una oscuridad que se cierne plácidamente sobre el pueblo y unas zapatillas esperando junto a la puerta a unos pies que, por muy cansados que vengan, siempre buscarán la manera de acurrucarse junto a los míos en el sofá. Un sillón con una una chaqueta colgada en el respaldo, una chaqueta grande, acolchada, oscura, cuyo olor no procede de mi pero identifico con lo mío. Las 18:33. La proximidad de la hora en que su risa atraviese la entrada y cierre la puerta a sus espaldas. La certeza de que esa risa atravesará más que la entrada, me atravesará a mí, se me quedará dentro, y ya me habré olvidado de las visitas, de los mitos, de los espejos. Ya solo me importarán dos cosas: el presente y nosotros.

Tres metros sobre el cielo

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Todos se lo han leído ya. No es una historia original, que se diga, pero, ¿merece la pena?

A ver:

- ¿Merece la pena volver a tener 17 años durante el tiempo que tardes en leer 496 páginas?

- ¿Merece la pena introducirte en la piel que habitaste, aquella de la joven que se escapa para ver al niño que le gusta, la de la muchacha torpona que se asusta cuando le pregunta la profe de latín, la que falsifica la firma de mamá en las notificaciones escolares, la que se pelea con su hermana por su falda favorita, la que hace mil locuras y se siente viva?

- ¿O en la del chaval guapetón que se exhibe con su moto y sale pitando cuando aparece la policía, el cachas que atrae los suspiros de ellas y cuyos puños provocan sudor frío en las frentes de ellos, el malo malote lleno en el fondo de una inmensa ternura que sólo entregará a aquella que consiga tocar el resorte más oscuro de su corazón?

- ...las broncas con los amigos, las noches de fiesta, llegar fuera de hora con los zapatos en la mano y acostarse sin hacer ruido, copiar los deberes de la compañera, ir a bailar, correr por el parque escuchando a U2, sentirse desgraciado y sentirse feliz, a tres metros sobre el cielo...

Ustedes dirán.

Omega, señor Morente

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- Y, ¿quién es Enrique Morente? - pregunté.
- El mejor cantaor de flamenco que hay ahora mismo.

Así me respondió Virgilio, mi profesor de Lengua y Literatura de primero de Bachillerato, en una ajetreada mañana de noviembre del 97. Estábamos inmersos en la preparación de un recital poético basado en el Divan del Tamarit de Lorca, e íbamos a utilizar como fondo acústico el disco Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick. Lo poníamos a todo trapo en el equipo de música del salón de actos mientras esparcíamos el escenario con ramas de olivo; apagábamos las luces e hacíamos bailar unas siluetas por detrás de un telón, les dábamos voz a aquellas sombras chinescas, al mismo tiempo cambiábamos de color la luz con unos plásticos rojos, azules y verdes que sujetábamos delante de un foco, turnándonos para no quemarnos los dedos. Paseábamos de un lado a otro mientras nos aprendíamos los poemas. Desde los altavoces, una voz profunda y un rumor remoto creaban una atmósfera que nos inspiraba.

Estrenamos el cinco de diciembre, creo. Esa mañana ví nevar por primera vez. El profesor de latín nos puso a declinar la palabra NIX-NIVIS. Tuvimos un examen de Historia del Mundo Contemporáneo que duró dos horas. Durante el recreo, todos al vestuario. A mí me tocó llevar un vestido largo, negro, de tirantes, y no olvidaré las miradas que me echaron por el pasillo cuando tuve que cruzar hacia el salón de actos. Después nos escondimos todos tras el biombo, unos encima de otros, prácticamente, con cuidado de no mover el foco, con los papeles de colores y las siluetas preparadas, y el encargado de la música, agazapado en un rincón, con la mano pegada al botón del volumen. Sólo faltaba Javi, que tenía que salir de entre el público y, hasta que llegó su turno, estuvo escuchando todas las bromas que se hacían sobre nosotros.

Con los primeros quejíos de Omega salió Vero. Detrás del biombo, yo me subí a una silla. El foco proyectó mi silueta sobre el telón y comencé con la Gacela del amor maravilloso. Recité las dos primeras estrofas dentro y, frente al público, las otras dos. Seguía Vero con la Gacela del amor imprevisto. Se cambió la música un instante por un ruido de agua y Eva recitó la Gacela del niño muerto. Desde fuera enfocaron a Javi, que paseó hasta el escenario con la Gacela de la huida. A Mari le tocó la impresionante Gacela de la raíz amarga, la recitó desde lo alto de un banco, con la voz más grave que fue capaz de entonar y que había ensayado mucho. Belén y María alternaron la Gacela del amor desesperado con la Gacela del amor que no se deja ver mientras se cruzaban como flotando sobre el escenario. Llegó el turno de las siluetas. Las proyectamos mientras Sandra desgranaba la Gacela del mercado matutino. Cada ay de los galanes era remedado por todos desde los precarios bastidores. Se sucedieron las demás gacelas en boca de Palmira, Susana y Reme. En el entreacto, la voz de Morente subía y se balanceaba: Este vals, este vals, este vals, de sí, de muerte y de coñac...

Segundo acto: Palmira y Belén agitan una tela. Yo estoy escondida detrás. La tela se baja y ondula suavemente. Recito la Casida del herido por el agua y me "muero". En un ambiente lúgubre, Quintana me dedica la Casida de la mujer tendida. Después me alza en brazos y me lleva a otra parte del escenario. Vero me "resucita" con la Casida de la muchacha dorada. Desde allí no veo, sólo oigo. Oigo a Eva y a la triste Casida del llanto. Oigo la voz limpia de Pili y la Casida del sueño al aire libre. Algo le hace gracia a Susana y se ríe sin querer con la Casida de la mano imposible. María y Reme: Casida de la rosa y Casida de los ramos.

Y llega el momento. La música sube un poco más. La oscuridad del escenario se disipa lo justo para iluminar a Pili y dejar ver las siluetas de palomas que vuelan junto a ella sobre la pantalla. Son los acordes de Manhattan, que Pili viste con la Casida de las palomas oscuras. Todo parece agitarse, se agita. Suben las luces, sube la música. Caen las sombras detrás del telón. Comienzan los aplausos. Nos alineamos sobre el escenario como aves sobre un alambre, a punto de echar el vuelo. Manhattan, Manhattan, Manhattan.

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No hace falta entender el flamenco; basta con entender la belleza. Óiganlo, deléitense y dediquen un pensamiento por su alma.

Historia de una lentejita

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Está aquí desde hace dos meses, casi el mismo tiempo que hace que este blog no se actualiza. Al principio sólo era una chispita, una rareza incierta, un resorte microscópico y desconocido capaz de variar las funciones fisiológicas de un modo fulminante. Ahora ya lo conocemos. Ya lo hemos hecho nuestro, aunque qué duda cabe de que fue nuestro desde el principio. Ha conseguido incluso hacerse con su propio nombre: le llamamos "lentejita".

Tengo ganas de que mi lentejita crezca, de ver en una pantalla sus ojitos y su boca, sus dedos minúsculos, sus piececitos. Tengo ganas de tejerle cosas y de sentir sus patadas. Tengo ganas de verme grande, inmensa en el espejo, ancha y capaz de abarcar todo lo bueno que quepa entre mis brazos para entregarlo a otro, al que será en esta vida mi relevo. Tengo ganas de llamarlo por su nombre, el que le acompañará por siempre como una inequívoca seña de identidad.

Nueve escalones y estamos subiendo el segundo. Allá voy.