Omega, señor Morente


- Y, ¿quién es Enrique Morente? - pregunté.
- El mejor cantaor de flamenco que hay ahora mismo.

Así me respondió Virgilio, mi profesor de Lengua y Literatura de primero de Bachillerato, en una ajetreada mañana de noviembre del 97. Estábamos inmersos en la preparación de un recital poético basado en el Divan del Tamarit de Lorca, e íbamos a utilizar como fondo acústico el disco Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick. Lo poníamos a todo trapo en el equipo de música del salón de actos mientras esparcíamos el escenario con ramas de olivo; apagábamos las luces e hacíamos bailar unas siluetas por detrás de un telón, les dábamos voz a aquellas sombras chinescas, al mismo tiempo cambiábamos de color la luz con unos plásticos rojos, azules y verdes que sujetábamos delante de un foco, turnándonos para no quemarnos los dedos. Paseábamos de un lado a otro mientras nos aprendíamos los poemas. Desde los altavoces, una voz profunda y un rumor remoto creaban una atmósfera que nos inspiraba.

Estrenamos el cinco de diciembre, creo. Esa mañana ví nevar por primera vez. El profesor de latín nos puso a declinar la palabra NIX-NIVIS. Tuvimos un examen de Historia del Mundo Contemporáneo que duró dos horas. Durante el recreo, todos al vestuario. A mí me tocó llevar un vestido largo, negro, de tirantes, y no olvidaré las miradas que me echaron por el pasillo cuando tuve que cruzar hacia el salón de actos. Después nos escondimos todos tras el biombo, unos encima de otros, prácticamente, con cuidado de no mover el foco, con los papeles de colores y las siluetas preparadas, y el encargado de la música, agazapado en un rincón, con la mano pegada al botón del volumen. Sólo faltaba Javi, que tenía que salir de entre el público y, hasta que llegó su turno, estuvo escuchando todas las bromas que se hacían sobre nosotros.

Con los primeros quejíos de Omega salió Vero. Detrás del biombo, yo me subí a una silla. El foco proyectó mi silueta sobre el telón y comencé con la Gacela del amor maravilloso. Recité las dos primeras estrofas dentro y, frente al público, las otras dos. Seguía Vero con la Gacela del amor imprevisto. Se cambió la música un instante por un ruido de agua y Eva recitó la Gacela del niño muerto. Desde fuera enfocaron a Javi, que paseó hasta el escenario con la Gacela de la huida. A Mari le tocó la impresionante Gacela de la raíz amarga, la recitó desde lo alto de un banco, con la voz más grave que fue capaz de entonar y que había ensayado mucho. Belén y María alternaron la Gacela del amor desesperado con la Gacela del amor que no se deja ver mientras se cruzaban como flotando sobre el escenario. Llegó el turno de las siluetas. Las proyectamos mientras Sandra desgranaba la Gacela del mercado matutino. Cada ay de los galanes era remedado por todos desde los precarios bastidores. Se sucedieron las demás gacelas en boca de Palmira, Susana y Reme. En el entreacto, la voz de Morente subía y se balanceaba: Este vals, este vals, este vals, de sí, de muerte y de coñac...

Segundo acto: Palmira y Belén agitan una tela. Yo estoy escondida detrás. La tela se baja y ondula suavemente. Recito la Casida del herido por el agua y me "muero". En un ambiente lúgubre, Quintana me dedica la Casida de la mujer tendida. Después me alza en brazos y me lleva a otra parte del escenario. Vero me "resucita" con la Casida de la muchacha dorada. Desde allí no veo, sólo oigo. Oigo a Eva y a la triste Casida del llanto. Oigo la voz limpia de Pili y la Casida del sueño al aire libre. Algo le hace gracia a Susana y se ríe sin querer con la Casida de la mano imposible. María y Reme: Casida de la rosa y Casida de los ramos.

Y llega el momento. La música sube un poco más. La oscuridad del escenario se disipa lo justo para iluminar a Pili y dejar ver las siluetas de palomas que vuelan junto a ella sobre la pantalla. Son los acordes de Manhattan, que Pili viste con la Casida de las palomas oscuras. Todo parece agitarse, se agita. Suben las luces, sube la música. Caen las sombras detrás del telón. Comienzan los aplausos. Nos alineamos sobre el escenario como aves sobre un alambre, a punto de echar el vuelo. Manhattan, Manhattan, Manhattan.

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No hace falta entender el flamenco; basta con entender la belleza. Óiganlo, deléitense y dediquen un pensamiento por su alma.

5 comentarios:

Maria Jesus dijo...

No hace falta entender de flamenco. Descanse en paz

Pepe dijo...

En estos casos siempre digo lo mismo, y es que al menos nos queda su música. Este año han desaparecido unos cuantos grandes a los que admiraba, pero sus canciones siguen ahí, y con ellas un poco de su alma.

¡Qué suerte tienen en el cielo con tanto genio para deleitarlos!

;)

Luisilla dijo...

Se van los mejores Laura... qué pena!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Se nos van los grandes... y demasiado rápido...

Saludos y un abrazo.

Maria Jesus dijo...

Feliz Navidad, Laurita, para toda tu familia en aumento

Un beso fuerte