jueves, 23 de diciembre de 2010

El espejo de la madrastra de Blancanieves


Vienes como siempre, con tu sonrisa pintada, tus relatos intrascendentes y tu voz que sobresale por encima de las demás. Vienes y tengo que cortar una conversación telefónica. Vienes y no importa quien venga contigo. Destacas.

Vienes y dejo todo lo que tengo que hacer porque has venido. Vienes y me avergüenzo de mis imperfecciones y de las imperfecciones que me rodean. Vienes y no te miro, no quiero mirarte, mira, no tengo por qué mirarte.

Pasó el tiempo, las heridas se curaron pero no terminaron de cicatrizar. A veces supuran rabia, una ira sorda que sobrepasa lo aceptable y se impregna en lo cotidiano, una ira que es sólo mía y de la cual también acabo avergonzándome.

La madrastra de Blancanieves tenía un espejo, espejito, al cual solía preguntarle quién era la mujer más hermosa de todo su reino. "Vos, mi ama", respondía diligente cada día aquel espíritu preso en un trozo de cristal, aquel amago de inteligencia tal vez complaciente, tal vez coaccionada, aquella superficie pulida sin escrúpulos o sin elección, quién sabe, el caso es que respondía, lo mismo cada día, sin fallar ni uno solo, sin llegar a suscitar ni una débil posibilidad de duda acerca de que su comportamiento era exclusivamente el que tenía que ser.

Quién sabe si el espejo se cansó de la madrastra pesada, quién si el resplandor de algo parecido a la pura verdad lo deslumbró. Aún pudo ser que el esclavo quisiera poner a prueba al amo, e incluso delirase con la idea de ocupar su lugar o, lo mismo, el espejito tenía tendencias suicidas. Una mañana común como cualquier otra, un amanecer templado, con nubes difusas sobre un cielo color azul cielo, con un sol de esos redondos y amarillos asomado al ventanal de un majestuoso torreón, en cuyo interior, animado con el ruido de pasos de los sirvientes que van y vienen, afanados en el desempeño de las labores domésticas, una bella dama de rostro y figura inverosímiles, envuelta en un camisón de tules blancos, se inclina sobre su tocador después de cepillar su lustrosa melena y formula su pregunta diaria. La dama, al principio, no se sorprende. Cree que ha oído mal. Su espejo siempre dice la verdad, o al menos, una verdad que jamás le lleva la contraria. Reformula la cuestión. Ya no pregunta, afirma: "Verdad, espejito, que soy la mujer más bella de este reino..."


La ira de la dama no conoce parangón. El espejo niega, y niega, y niega. Vuela el contenido de la mesa del tocador. En el aire se respira tensión y la mezcla mareante, vomitiva, del contenido de todos los frascos de perfume que yacen en pedazos por el suelo. Unas criadas abren la puerta, pero no se atreven a entrar. La reina impreca e increpa, a todos y contra todo. Da vueltas sobre sí misma con las manos en las sienes y la melena crespa, agitándose en todas direcciones. Da patadas al aire. Al fin grita, grita tan fuerte que el pulido cristal comienza a vibrar. La dama levanta la vista y la clava en el objeto de su furia, camina hacia él con los pies descalzos cruzando por encima de todo, sangrando al contacto con los trozos de vidrio perfumado esparcidos por el suelo. El espejo tiembla, tiembla él sólo y agoniza. La dama le ayuda a morir. Sólo es necesario que, en otro destello de furia, lo agarre con ambas manos y lo arranque de la pared, y sólo con otro arrebato de rabia basta para que lo estrelle contra el muro con todas sus fuerzas. El día se apaga. Una hilera de partículas microscópicas son su sangre. El espejo se rompió.


Se rompió el espejo, nuestro espejo, el espejo que tantos años has sido para mi. Era su sino: era un espejo cóncavo, deformado, un espejo que, en vez de devolverme mi propia imagen, me arrojaba la imagen de lo que tú querías que yo fuera. Tenía que pasar: un espejo con una fisura, con muchas fisuras, un espejo que, al mínimo roce, no tendría más remedio que resquebrajarse. Un espejo al que yo he ayudado a morir.


Otro mito que cae. Un mito menos y un poco más de libertad. Una oscuridad que se cierne plácidamente sobre el pueblo y unas zapatillas esperando junto a la puerta a unos pies que, por muy cansados que vengan, siempre buscarán la manera de acurrucarse junto a los míos en el sofá. Un sillón con una una chaqueta colgada en el respaldo, una chaqueta grande, acolchada, oscura, cuyo olor no procede de mi pero identifico con lo mío. Las 18:33. La proximidad de la hora en que su risa atraviese la entrada y cierre la puerta a sus espaldas. La certeza de que esa risa atravesará más que la entrada, me atravesará a mí, se me quedará dentro, y ya me habré olvidado de las visitas, de los mitos, de los espejos. Ya solo me importarán dos cosas: el presente y nosotros.

5 comentarios:

Inés dijo...

Merece la pena leerte siempre. Me engancha como escribes...

Muy cuco lo de tu lentejita!!

Un besazo y feliz navidad!!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Pasé por aquí a echar un ratito con tus cosas. Quiero aprovecharte, una feliz navidad. Te deseo lo mejor, para ti y para los tuyos.

Un abrazo enorme.

Anónimo dijo...

Tengo que reconocer que esta vez me has descolocado. He leído el relato 20 veces y cada vez saco una conclusión diferente, si era este tu objetivo, felicidades!, de todas formas todas las conclusiones que saco me apenan.
Espero y deseo que todo este bien resituado en tu vida.
Un afectuoso saludo Dama Zahori.
Cuida tu lentejita.

Anónimo dijo...

Ah, por cierto, creo que antes no ha quedado claro, no me refiero a descolocarme a mi si no que tu objetivo fuera descolocar al que te lea.
De todas formas esta muy bien escrito.

Laurita dijo...

Hola a todos. Muchas gracias por continuar siguiendo este blog, pese a lo anárquico que se ha vuelto últimamente.

ANÓNIMO, mi intención con el relato no era descolocar, es más, no había ninguna intención presente en particular, simplemente, ese día me sucedió algo y quise escribirlo en el blog, pero sin comprometer a nadie, de modo que se me ocurrió la metáfora del espejo. Las conclusiones que se pueden sacar del relato sí que apenan, y lo sé, pero no sufras, que se trata de esos apenamientos que traen consigo un cambio, una evolución. Las cosas en mi vida no están muy situadas que se diga pero... ¿cuándo fue que sí lo estuvieron?

Saludos a todos y gracias por seguir aquí.